apariciones


Benedetti

Creo, y no sólo creo, sino que sé que odio los homenajes… a quien sea. Aunque sea a alguien a quien admiro y a quien crea que se merece tal manifiesto. No por ese odio dejo de festejar a quien se merece mis respetos, pero me parece una actitud tan gratuitamente salamera, que el pudor me entra de una sola vez, rayando en el límite de la vergüenza ajena, no necesariamente de los otros, pero sí de mí… Ufff, qué tontera!

La cuestión es que hace ya varios días, semanas murió una persona quien significaba mucho para mí… no hablo de él como persona propiamente tal, pues no lo conocí más allá de su obra, pero sí a través de lo que pude adivinar de su humanidad a través de sus personajes e historias. Sin redobles de platillos ni parefernalias grandilocuentes -como algún escribiente por ahí- sino como el simple mortal que era, que un día se aburrió de su vida de oficinista cansado y aburrido y le dio por contar historias simples, normales y cotidianas… con mucha tristeza y con tanta más risa… y pidió, en sus propios versos, lo más lógico y sencillo:

cuando me entierren
por favor no se olviden
de mi bolígrafo

Por eso es que lo quiero y (ya) lo extraño. Y ni siquiera me doy vergüenza ajena…




Leap of faith (en Castellano)

No, no voy a escribir en inglés. Me niego a hacerlo. Siempre lo he hecho. No dejaré que el defecto profesional -que seguro no es más que pretensión- de mis compañeros de gremio me gane. El trabajo es el trabajo y ahí se queda. La vida misma, la cotidiana, la bella (o la mía al menos) transcurre en castellano… El inglés es sólo un medio, no un fin. Y como medio, me sirve para darle título a esta entrada, porque es la expresión que me sirve para expresar lo que me pasa en este momento…

A veces, cuando las cosas no han ido muy bien durante un tiempo más o menos prolongado, uno se pasea temeroso por la vida, dudoso de que algo bueno sí pueda pasar. Uno termina por acostumbrarse al tedio de la mala rutina,  que la mala fortuna ande acechando constantemente, a que nada sea realmente luminoso, a que todo tenga un pero. Pero ocurre que suceden cosas distintas a eso y, como dicen las viejas de campo, cuando pasan, pasan todas juntas. Y es ahí donde uno reacciona rarito, porque en lugar de disfrutar lisamente, se empieza a cuestionar todo y los miedos salen a flote por todos lados y de frentón uno se pone huevón. Se pasea de una vereda a otra, que sí, que no, es feliz un rato y después se deja llevar por los temores nuevamente. Tampoco es cosa de atribuirlo todo a la suerte, al destino. A veces es uno mismo que con esa actitud traba las cosas, no las deja fluir, no las deja pasar, a veces ni las ve, no las oye, no las siente… Hay que dar el paso también, saltar al vacío, empaparse de lo hermoso que se nos presenta de vez en cuando y agarrralo como sea, no soltarlo… aunque exista el maldito miedo, aunque no sepamos qué sucederá más allá de nuestras narices en el futuro más próximo o el más lejano.

Leap of faith literalmente quiere decir salto de fe. O sea, en palabras más comunes, leap of faith es pegar el salto, arriesgarse a hacer algo aun si no se está seguro del resultado…

Yo quiero pegar ese salto, quiero saltar corriendo ese precipicio latente de mis miedos y arriesgarme a flotar, a elevarme, a caer… porque si no lo hago, siempre me quedaré con esa maldita sensación de qué hubiese pasado si, porque si no lo hago me quedaré viviendo en la misma tiniebla de siempre, sin motivación, sin alegría, sin emoción. Si me quedo ahí, me podría morir esperando que algo me salvara, porque nunca vería que un poco más allá todo es posible…

Mi salto no es único, no es solitario, no es egoísta… Este salto de fe viene con yapa…


Las flores

Llegó septiembre… y más que olor a empanada, lo que vengo sintiendo más fuerte es el aroma a la primavera, con todo lo que ella implica… pero, sobre todo, a AQUELLO: el amor. Atrás se dejan las viejas tristezas, el frío macabro del invierno y la soledad aletargada, las tardes de aburrimiento, la indiferencia de esos que creen tener mejor vida que uno (y se mueren por tener la de uno), la oscuridad y ese sexy color verde palta en la piel. Ahora es el momento en que todo empieza a florecer, el período en el que puede ver el sol colarse entre las ramas de los árboles y sólo eso ya es un gran motivo para sonreir, sentir el aroma de los brotecitos… sentir cómo el corazón se acelera cada vez que ESA persona hace su magistral aparición en nuestro horizonte, que basta una miradita, una sonrisa y ya todo tiene sentido… darse cuenta que todo lo que antes nos hizo llorar, ahora nos hace reír, que todo lo que quedó atrás, quedó ahí por algo y ya no tiene cabida en el presente. Tal vez no sean cosas que tan sólo la primavera hace, pero es en esta época donde más se sienten, donde más iluminan, porque el aroma que acompaña siempre inspira una nueva sensación de libertad, felicidad y esperanza…


Factor sorpresa…

Hay personas que hacen ver lo peor de uno mismo, que sacan todos esos demonios que tenemos guardados dentro de nosotros y, uno, de la pura impresión, se asusta no sólo de lo que ve, de lo que siente, sino de sentirse una persona completamente distinta alrededor de esta energía tan extraña… Lo curioso y lo hermoso es que también pasa al revés: hay personas que sacan lo mejor de uno, que arrancan la risa de donde uno pensaba que no podría haberla, que hacen explorar (y explotar) sensaciones y sentimientos nuevos, no sólo con respecto a su persona y al mundo, sino con respecto a uno mismo; gente que nos muestra el mundo casi como por primera vez, que nos hace ver todo con otros ojos, quizás más inocentes, quizás más expectantes… Me pasa recurrentemente con los niños que me rodean, aunque la cualidad no es exclusivamente de ellos. Los adultos también son (somos) capaces de tales maravillas. ¿Será esa famosa “química” de la que hablan? ¿Será un recuerdo de una vida pasada? ¿Será que simplemente uno tiene un feeling especial con cierta gente, sin motivo aparente? Ninguna de las opciones me parece completamente certera, ninguna me parece absolutamente descartable… Los otros casi nunca son como uno quisiera, casi nunca toman las decisiones que uno esperaría: nunca son uno mismo… y es eso lo que los hace seres tan conmovedores y deslumbrantes, tan dignos de observar y querer… porque nunca se sabe lo que esperar, nunca se sabe lo que vendrá… pero ¿quién querría saberlo, a costa de la pérdida total del factor sorpresa, que es lo que, a final de cuentas, sustenta la magia del mundo?


Auch…

A veces, incluso cuando el alma se desgarra, hay que tomar ciertas decisiones en contra de nuestros deseos o toda nuestra voluntad, pues sabemos que de lo contrario el corazón terminaría -como tantas otras veces- pisoteado, hecho añicos. Nunca es fácil decirle adiós a alguien que significa algo importante, alguien quien nos acompañó aun sin percatarse de qué lugar estaba ocupando en nuestras vidas. Uno llora, llora y llora y sabe que pasará, que volverá a salir el sol, tal vez más tarde que temprano, pero siempre queda esa espinita clavada en el pecho, esa piedrita en el zapato, ese eventual sueño de pensar en lo que “hubiera sido”. No es fácil percatarse que uno debe despedirse de esa gente que te cambia la vida con sólo una palabra, que ilumina gran parte de tus días con un simple “hola”, esa gente especial que te llega al alma sin muchas explicaciones, sin mucha parafernalia… Esa gente que es y te deja ser. Esa gente que quisieras que se quedara en tu vida para siempre…


Borrones y despedidas

¿Será que a veces conviene hacer un borrón y empezar todo de nuevo? Esa es la sensación más recurrente en este instante. Sobre todo en materias que incluyen al nunca bien ponderado corazón. Sí, he cometido muchos errores, como todos; he pecado de inocente tantas veces, he jugado a la mujer salvaje unas pocas y, todo, ha sido un poco en vano… Todo se ha diluido de alguna u otra forma, aun cuando haya pedazos que rescatar, aunque no sean tantos.

¿Qué importa cuántos han sido trascendentes, cuántos han sido olvidables? ¿Qué importa cuántos han sido? Lo cierto es que cada uno de los hombres que han pasado por mi vida han tenido algún tipo de repercusión en ella, todos me han marcado de alguna forma. No hablo exclusivamente de aquellos con los que mantuve una relación amorosa, sino sobre todo de aquellos con quienes los lazos han sido más bien amistosos. Incluso, aquellos que han sido más bien aventuras locas. Tampoco hablo de repercusiones a nivel trascendental, espiritual total, sino de pequeños aportes, de huellas o herencias ínfimas o no tanto: el gusto por ciertas caricaturas, el aprecio por cierta música, el interés por algún tema antes desconocido, relaciones afectivas con “su” gente, etc.

Si algo tienen en común, más allá de ciertas características especialmente atractivas para mí (ya sean físicas o psicológicas), es su grado de destacar por sobre la masa, en cualquier sentido que haya sido pertinente. Lo que quiero decir es que no suelo fijarme en cualquiera, por muy fugaz que sea el encuentro, por muy pastel que resulte ser al final el personaje. Siempre hay algo especial, en todos, absolutamente todos, sean amigos, novios, amantes, compañeros de trabajo, conocidos, amigos de algún amigo o simples desconocidos… siempre hay algo que queda, siempre hay algo que se extraña, siempre hay algo que se guarda y asume propio al cabo de un tiempo. Y tal vez es ahí donde radica la sabiduría propia: en apropiarse de aquello que el otro nos deja para que así no duela tanto la partida del que se va, del que se fue, del que se está yendo. Al concluir alguna relación, uno siempre termina con una sensación inicial de tristeza, de angustia, de pérdida, pero a medida que avanzan los días esas emociones mutan, evolucionan, se transforman en lo que realmente son sin teñirse del trágico velo de la separación y salen a flote todas esas cosas que apreciamos desde un principio, aunque ahora con un pequeño halo de nostalgia. Pasa la rabia, la tristeza, la desesperanza, la desesperación, la depresión, pasa todo… pero siempre queda algo, siempre me queda algo y, a veces, es ese mismo algo, lo que me provoca guardar bellas imágenes, lindos recuerdos y (la sensación de, en algunos casos) de cariño, de aprecio, de buena onda hacia aquellos que prefirieron seguir su camino… es ese algo lo que me hace pensar que tal vez existe otro, en algún lugar, que tenga varios algos y con quien aún no me he cruzado (o no del todo) y hará que los borrones y las despedidas sean tan sólo palabras de otro vocabulario que ya no querré usar…


Pájaros en la cabeza

Hablaba hoy con los pequeños monstruillos sobre sus sueños, lo que esperan de sus vidas futuras: uno quería ser futbolista, otro karateca y, el último, constructor… y todos deseaban tener una novia (o más de una) para sentirse protegidos y acompañados. Y, en eso, me di cuenta que esos sueños de niños de 6 años no difieren tanto de los “niños grandes”, de los que ya pasamos el cuarto de siglo. Claro, hay pocos quienes realmente se atreven a dedicarse al deporte como forma de vida, aunque muchos sueñen con ello, porque los “pájaros morales y neoliberales” a veces nos destruyen a esos otros pájaros soñadores que llenen nuestras cabecitas de niños, pero ¿y lo demás? Tal vez seamos nosotros mismos, los adultos, quienes hemos instaurado en los niños la idea de la soledad y la tristeza que ella conlleva o ¿será que lo sabemos desde siempre? Pero a medida que va pasando el tiempo, las cosas se van diluyendo de a poco, uno empieza a ponerse más práctico, menos soñador, más idiota: ¿Por qué será que a la edad de uno lo único que empieza a importar es la cuenta corriente y los trágicos avatares de la vida laboral? ¿Será que a medida que uno crece se va quedando sin alma, se va poniendo idiota y se olvida de esos sueños inocentes, donde ni la plata ni las relaciones forzadas tienen demasiada cabida? Cuando uno es niño todo es más simple, pero tal vez más tajante: se quiere a alguien o no, se es (o se será) algo simplemente porque eso es lo que más nos gusta hacer… y de nada sirve aparentar, porque todo se hace demasiado evidente a vista y paciencia del mundo… ¿Será que la vida me/nos está llamando a recobrar esos pájaros inocentes y soñadores? Esperemos que así sea…


Lo que es…

Cuando no hay qué escribir o uno no sabe exactamente hacia dónde se dirige, la cosa se hace más difícil. A veces, pasa también, que hay falta de público, pero bueno… eso llegará, supongo. Espero. No se trata de comenzar a divagar sobre cualquier tópico, pero pasa que últimamente las cosas vienen cuesta arriba y, de alguna manera, hay que sacarlo todo afuera, como la primavera; nadie quiere que algo se muera, hablar mirándose los ojos, sacar lo que se pueda afuera, para que adentro nazcan cosas nuevas, nuevas, nuevas… Supongo que tiene que ver con las medidas de tiempo, aunque dicen que éste es relativo, que siempre termina siendo lo contrario de lo que uno se esperaba. El pasado siempre vuelve, lamentable o afortunadamente, las situaciones se repiten, los personajes se dan unas vueltas, los diálogos son similares. El futuro está echado a la suerte de cada quien, porque en definitiva, no existe. El futuro siempre se escapa y siempre lo hará, pero eso es bueno. Nada peor que vivir de las proyecciones a largo plazo que nunca se concretan. El problema es lo que hay: el PRESENTE… porque no es fácil desligarlo de esos otros dos fantasmas… aunque tampoco es la idea. A veces lo único que quiere uno es llorar, con o sin motivos aparentes, no por el pasado, no por el futuro, a veces ni siquiera por el presente que está siendo, sino por el que no es. Y supongo que la clave está ahí mismo, en pegarse unos buenos lagrimones, en vivir eso que está siendo o no, en ser y sentirse vulnerable un rato… la cosa es asumir esa emoción y volver a pararse, con todo lo que ella provoca y, luego, seguir el rumbo, desviarlo hacia algo mejor, hacia eso que se quiere, hacia eso que se espera, aun cuando no esté tan claro, porque al menos ya sabemos para dónde NO debemos encaminarnos… Como dicen por ahí, la vida es ahora: no hay lugar para tanto cuestionamiento, porque en ellos se nos van los años y las ganas, el pasado, el futuro… y, sobre todo, el presente…


Credo

No creo en Dios padre todopoderoso, creador de lo que sea… Yo creo en la felicidad. Creo en la soledad. Creo en una infinidad de cosas más importantes que la religión. Creo que no tengo demasiado tiempo para andar llorando por los rincones. Creo que el dolor de muelas no se sobrevive ni con un buen ron. Creo que el dolor del alma se cae a pedazos después de un tiempo. Creo en mi gata loca, que viene a conversarme a las seis de la mañana. Creo en mi pelo rebelde. Creo que Dios se está tardando mucho en decir “Un, dos, tres por mí”… y que sigue escondido en algún rincón de su cielo o de mi alma. Creo que el centro de esta ciudad me gusta, con su arquitectura gastada y sus escaleras redondas y pequeñas. Creo que mis amigos son mis amigos todavía, a pesar de la distancia. Creo que los chocolates no quieren vivir sin mí. Creo que hay un hombre que me espera en un paradero vacío. Creo en mis libros como mi tesoro más recurrente. Creo que el dinero no me llama ni me atiende, pero la verdad, no quiero hablar con él. Creo que la profesión es para quien la vive desde ese ángulo que no es mi ángulo. Creo en las palabras y en las letras, que me gritan desde la esquina. Creo en mi madre y en su arroz, en sus sueños incumplidos, en sus ganas de crecer. Creo que la gente espera algo de mí, que no es lo que yo espero de mí, ni lo que quiero de mí. Creo en la vida simple y cotidiana, con calles que caminar y mucho café para beber. Creo en la inmortalidad del cangrejo. Creo en la música como terapia. Creo en el lápiz y el papel y en las luces nocturnas. Creo en la independencia del alma. Creo en el respeto hacia el hombre. Creo en los viejos, porque saben y porque me gustan, siempre me han gustado. Creo en el silencio profundo y en el sonido de la lluvia. Creo en las canciones de Pedro, Ismael, Jorge y Juanito. Creo en la rabia que se guarda por años y se suelta repentinamente cuando ya no se puede hacer nada para controlarla. Creo en los sueños sin sueño de por medio. Creo que el mundo tiene que adaptarse a mí, porque yo no me adapto a él. Creo que nunca me sentiré parte de esa masa de gente que circula por las calles, que llora en los bares, que llena los cines, que ríe con la tele. Creo que esa luz no se encenderá para mí. Pero no me importa, porque creo en otras cosas. Creo que hay tarados por doquier, del alma y de la cabeza. Creo que la gente no entiende porque no quiere entender y no ve porque tiene otras cosas que hacer. Creo que no encuentro un fin, no encuentro un medio; siempre me quedo en el comienzo. Creo que la muerte es helada y un poco húmeda, pero nada del otro mundo. Creo que la vida se llena como uno la llene, como uno la mire, como uno la sienta, como uno cree que no va a ser. Creo que los pianos me atormentan desde siempre. Creo que seguiré soñando con ser bailarina y recorrer aeropuertos. Creo que hay películas que son aportes para no dormir a media tarde. Otras cambian la vida. Creo que la religión es más inútil que los libros de auto-ayuda y más macabra que el terrorismo. Creo que hay personas que se conforman y eso me da náuseas. Otra gente se confirma… y las náuseas siguen y se agrandan. Creo en las fotografías en blanco y negro, con banda sonora incluida. Creo en el orgullo de ser cualquier cosa que se sea. Creo que la patria es la peor metáfora que he escuchado y que mi bandera no es mi mía, sino de todos los otros que no saben nada del suelo que pisan. Creo en Benedetti, tirando piedritas contra mi ventana. Creo en Cortázar bailando borracho por las calles de París. Creo en los círculos que se abren, que se cierran… y se vuelven a abrir y a cerrar, una y otra vez. Creo en las llamadas inesperadas,sólo para decir hola y recordarme así cuánto quiero a Giuseppe. Creo que el metro me tiene preparada una sorpresa en el asiento de enfrente donde un rostro, de repente, claro iluminará el vagón y esos gestos traerán recuerdos de otros paisajes, otros tiempos en que la suerte mejor me conoció. Creo que se hace tarde y que nadie quiere escuchar lo que debo decir, pero tarde o temprano las palabras se escurrirán por mis labios (y no sé si pueda hacerme responsable de ello). Creo que dormir menos de ocho horas diarias es un crimen contra la propia humanidad. Creo que me he visto haciendo esto una y otra vez. Creo que nadie sabe quién soy ni cómo soy. Creo en mi soledad como acto reflejo. Creo que hay personas a quienes es mejor ignorar. Creo que no puedo ni quiero aceptar que la vida sea así de simple o así de compleja. Creo que hay cosas por las que hay que luchar y gritar. Creo en los árboles grandes y gordos de las plazas de barrio. Creo en esas nubes negras que amenazan el cielo con su sol brillante. Creo en los diccionarios y en la homeopatía. Creo que Montevideo, Colonia y Praga me esperan hace rato. Creo que existe una hora de la mañana en la que los pájaros debieran bajar el volumen. Creo que hay personas que deben odiarme. Creo que no me decido a nada. Creo que no me importa estar tan cerca del éxito, como de mis pies. Creo en mi locura, en mi exageración, en mi genio insoportable. Creo en mis sueños y en la vida cotidiana, llena de momentitos que parecen insignificantes, pero que son el mundo más uno. Creo en mi poder de regeneración y en la bondad de mis pecados. Creo en la historia para construir un presente. Creo en la humanidad precisamente por humana, porque la perfección me parece aburrida. Creo en el arte como prueba de la falsa modestia. Creo en mi cabeza, mas no demasiado en mis pies. Creo en la vida después del amor. Creo que las palabras dicen menos que lo que uno espera y más de lo que uno quiere. Creo que hay personas que pasan por nuestras vidas para que estemos concientes de la respiración y otras para quedarse. Creo que el dolor es parte del alma. Creo que la lluvia me quita todo lo malo. Creo que la felicidad es una opción, que hace rato tomé… creo que hay un color que precede a las cosas buenas y trascendentes que suceden en mi vida: el verde. Creo que hay cosas imperdonables, aun cuando hayan pasado treinta o cien años. Creo que la justicia no existe. Creo que hay gente que debiera ser juzgada y castigada por sus actos, que eso de “órdenes de mi superior” no es válido, simplemente patético. No creo en el orgullo patrio, porque no creo que eso exista. Creo en mi suelo y en mi gente, pero no creo en un pedazo de tela tricolor ni en el poder de la empanada. Creo en la gente que me emociona desde su inocencia. Creo que hay personas que marcan la vida, de una u otra forma. Creo que mis sueños son un misterio, incluso para mí. Creo que el arte no es algo que se deba entender, sino tan sólo disfrutar. Creo que siempre me fijo en quien no debiera. Creo que siempre le gusto a quien no me interesa. Creo que las cosas trascendentes suceden cuando uno menos se lo espera. Creo que hay fantasmas que me van a rondar siempre. Creo en mis muertos como compañía. Creo que no hay nadie imprescindible, pero creo que es mi opción que algunos lo sean. Creo que hay conversaciones tan simples que pueden cambiar la vida. Creo que hay gente que debiera preguntar más cosas y dejar de hacerse la tonta o de creerse muy inteligente. Hay otros que, simplemente, debieran cerrar la boca. Creo que hay gente que necesita llamar mucho la atención y eso me pone de mal genio. No creo en la violencia como fin ni como medio, mucho menos como comienzo. Creo y sé que hay personas que no me quieren tanto como yo a ellos, pero no es algo que me quite el sueño. Creo en Jesús, el hombre, no el hijo. A veces creo que me quedaré sola ya a veces no sé si me importa demasiado. Creo que, a pesar de eso, me gustaría formar una familia. Creo que la primavera me pone demasiado sensible. Creo que necesito hacerle saber a mis amigos cuánto los quiero, tal vez porque me arrepiento de no haberlo hecho con gente que ya no está. Creo que hay cosas que uno debe hacer, aunque después se arrepienta. Creo que no puede hacer cosas netamente por dinero. Creo que me gusta saber un poquito de todo y bastante de algo. Creo que soy como soy precisamente por lo que soy…