apariciones



Pájaros en la cabeza

Hablaba hoy con los pequeños monstruillos sobre sus sueños, lo que esperan de sus vidas futuras: uno quería ser futbolista, otro karateca y, el último, constructor… y todos deseaban tener una novia (o más de una) para sentirse protegidos y acompañados. Y, en eso, me di cuenta que esos sueños de niños de 6 años no difieren tanto de los “niños grandes”, de los que ya pasamos el cuarto de siglo. Claro, hay pocos quienes realmente se atreven a dedicarse al deporte como forma de vida, aunque muchos sueñen con ello, porque los “pájaros morales y neoliberales” a veces nos destruyen a esos otros pájaros soñadores que llenen nuestras cabecitas de niños, pero ¿y lo demás? Tal vez seamos nosotros mismos, los adultos, quienes hemos instaurado en los niños la idea de la soledad y la tristeza que ella conlleva o ¿será que lo sabemos desde siempre? Pero a medida que va pasando el tiempo, las cosas se van diluyendo de a poco, uno empieza a ponerse más práctico, menos soñador, más idiota: ¿Por qué será que a la edad de uno lo único que empieza a importar es la cuenta corriente y los trágicos avatares de la vida laboral? ¿Será que a medida que uno crece se va quedando sin alma, se va poniendo idiota y se olvida de esos sueños inocentes, donde ni la plata ni las relaciones forzadas tienen demasiada cabida? Cuando uno es niño todo es más simple, pero tal vez más tajante: se quiere a alguien o no, se es (o se será) algo simplemente porque eso es lo que más nos gusta hacer… y de nada sirve aparentar, porque todo se hace demasiado evidente a vista y paciencia del mundo… ¿Será que la vida me/nos está llamando a recobrar esos pájaros inocentes y soñadores? Esperemos que así sea…


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