Septiembre

Septiembre nunca fue mi mejor mes. Era sinónimo de partida, de muerte, de miedo, de patria, de vida que no es vida. Era todo tan confuso, todo tan difuso. Era el mes de la angustia, de ese olor a carne a la parrilla que no cesaba, de la alegría que no era tal, del dolor y la incertidumbre, del insomnio infinito, del reloj que no contaba las horas ni los minutos, de un tiquitiquití tan hipócrita, que no cesaba de burlarse de todos nosotros con sus colores tradicionales y sus sonrisas plásticas vestidas tradicionalmente, mientras los otros se morían de infartos al alma, que comenzaban desde el ombligo y tumbaban todo el cuerpo con sacudidas incesantes, casi imperceptibles a la vista, pero que se llevaban las células de la memoria y causaban un dolor tan profundo que uno ni siquiera era capaz de elaborar un grito de ayuda, porque las palabras no servían, porque no lograban salir desde la garganta y la lengua se quedaba aturdida y había un frío impredecible que recorría las espaldas y se oían gritos a lo lejos y uno no sabía de dónde venían, no sabía de dónde salían y querías correr, pero los temblores en las piernas y en los brazos no lo permitían. Las lágrimas brotaban, como lluvia imparable, calientes y peligrosas y era una angustia tan horrenda, tan enorme, tan vacía de razón. Septiembre era mi maldición y mi sacrilegio, mi culpa, mi sentido de espera por algo mejor o menos malo, era ese pequeño secreto o pecado que no se puede revelar, era ese terror de pensar que me podía agarrar en la calle sin tener más culpa que caminar por la vía de la primavera que llegaba a rescatarme o a disuadirme de la alergia que me provocaba este mes de miseria y despedidas absurdas, del horror que me provocaba la crueldad humana y el cinismo y la hipocresía de sus responsables…

Septiembre, te deposité en el mar para que volvieras renovado desde su profundidad en sus olas de vida, en un futuro lleno de memoria y libre de recelo. Septiembre, volviste a mí como aquel que alguna vez fuiste y te quedaste adornando con tus flores y aromas la despedida de este invierno horrendo y maloliente. Septiembre, te llenaste de aquellos que partieron y dejaste un poco de su magia y música y te liberaste del horror, del sufrimiento, de las pesadillas y los gritos, de la amnesia constante y sonante de nuestra gente. Septiembre, recíbete a ti mismo tal como eres: alegre y dulce, lleno de esperanza. Septiembre, volviste a mi alma…

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